domingo, 5 de agosto de 2012

Inventario de lo propio


Me vine y la palabra apareció.
Desde entonces, no me la quito de la mente.
O quizá desee estar en el corazón.
La palabra, digo. Tampoco se me va de las manos.
Por lo que hice y deshice.
Pero, sobre todo, por lo que no propuse.
Y no propicié.
Y no ofrecí.
Y no mostré.
Y no cuidé.

Me veo, pues, obligado a hacer inventario.
Y el inventario de lo propio no es fácil.
Y más cuando estas viandas no son
ni las perdonadas,
ni las agradecidas
ni las ofrecidas.
Y más cuando son las viandas con las que me despedí.
Y más cuando no las reconozco.
Y más… tú ya lo sabes.
A pesar de todo,
son viandas con las que he herido y he consolado.
Viandas con las que he convivido y he desvivido.
Viandas con las que he afianzado y he negado.
Viandas han sido.
Pero lo que me importa es si éstas han dicho algo o no.
Y si han dicho, que te hayan llevado a lo que fueron creadas.
A ser perdonadas, agradecidas y ofrecidas.
Aunque este inventario sea un torpe intento de ello.

Volveré a ofrecértelas siempre.
Ya sé dónde está el riesgo.
Y sé, también, de dónde viene el excedente. 

martes, 31 de julio de 2012

Sobre la caducidad de los momentos o de las decepciones negadas

Caducado. 
Por eso recuerdo Madrid.
Negada.
Porque me resisto a creerme.
Porque no puedo entenderte.


Pero así ha sido. Así lo tengo. Así quisiera olvidarlo. Así lo espero. 
Aunque ése sea el problema. 
Y otro agosto más comienza...



lunes, 16 de julio de 2012

Sabe lo imprescindible

Sé de un hombre que es dignidad.
Sé de un hombre que es elegancia.
Sé de un hombre enamorado del Misterio.
Sé de un hombre que hoy, al verme, se ha emocionado.
Y me ha recordado lo imprescindible.
El Amor, el Perdón y la Libertad. 

Sé de un hombre que desde atrás pide por cuántos están.
Sé de un hombre que me ha perdonado de nuevo.
Sé de un hombre que confía en mí.
Sé de un hombre que se fía de Dios. 
Y del Amor, del Perdón y de la Libertad. 



sábado, 9 de junio de 2012

domingo, 27 de mayo de 2012

Impulsa...


La fuerza que me resta.
El resto que me pesa.
El peso que me engaña.
Que no soy quien diagnostica ni expende lo que se precisa.
Ni acción,
ni voluntad,
ni fuerza.
Sólo articulo torpemente.
Y aún sabiéndome nada,
sigo queriendo ponerme en mayúscula.
Esta es la fuerza que me resta.
Pero es la grieta,
la puerta,
el desgarro
        que permite a quien me habita…
…y convierte la conversión en promesa.