Me vine y la palabra apareció.
Desde entonces, no me la quito de
la mente.
O quizá desee estar en el
corazón.
La palabra, digo. Tampoco se me
va de las manos.
Por lo que hice y deshice.
Pero, sobre todo, por lo que no
propuse.
Y no propicié.
Y no ofrecí.
Y no mostré.
Y no cuidé.
Me veo, pues, obligado a hacer
inventario.
Y el inventario de lo propio no
es fácil.
Y más cuando estas viandas no son
ni las perdonadas,
ni las agradecidas
ni las ofrecidas.
Y más cuando son las viandas con
las que me despedí.
Y más cuando no las reconozco.
Y más… tú ya lo sabes.
A pesar de todo,
son viandas con las que he herido
y he consolado.
Viandas con las que he convivido
y he desvivido.
Viandas con las que he afianzado
y he negado.
Viandas han sido.
Pero lo que me importa es si
éstas han dicho algo o no.
Y si han dicho, que te hayan
llevado a lo que fueron creadas.
A ser perdonadas, agradecidas y
ofrecidas.
Aunque este inventario sea un
torpe intento de ello.
Volveré a ofrecértelas siempre.
Ya sé dónde está el riesgo.
Y sé, también, de dónde viene el
excedente.
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